Editorial
Las
nuevas tecnologías han abierto perspectivas que la Genealogía
apenas podía soñar hace pocos años. Al mismo
tiempo, hemos asistido a un auténtico auge en Internet
con la proliferación de foros y páginas especializadas
que, desde el primer momento, despertaron el interés de
aficionados, profesiones y ciertos círculos del mundo académico.
Sin embargo, las posibilidades que nos brindan estas nuevas herramientas
no han tenido un reflejo claro en la sociedad. La Genealogía
apenas está presente en los ambientes culturales, la producción
editorial es prácticamente nula, los foros languidecen
poco a poco y las páginas especializadas van dejando al
descubierto su vocación comercial a medio y largo plazo.
No hemos sabido aprovechar el momento.
Llegados
a este punto, las asociaciones genealógicas deberíamos
pararnos a reflexionar, analizar en qué hemos fallado,
y ver qué podemos hacer para que nuestra disciplina cale
en los ambientes culturales dejando atrás, definitivamente,
ese cierto halo de ciencia trasnochada.
Dentro
del mundo de la Genealogía convivimos diferentes colectivos:
desde los aficionados que -sin mayores pretensiones- intentan
elaborar su árbol genealógico hasta los especialistas
del mundo académico, pasando por personas que necesitan
documentar su filiación por motivos políticos o
administrativos, grupos religiosos o profesionales con intereses
comerciales. Cada grupo persigue sus propios objetivos y ve nuestra
disciplina desde un ángulo diferente y, posiblemente, esa
variedad de objetivos, métodos y técnicas es la
que no hemos sabido valorar y encauzar adecuadamente.
Al día de hoy, la práctica totalidad de nuestros
esfuerzos están dirigidos a la elaboración de índices
de partidas sacramentales y, en menor medida, a la transcripción
de censos. A nadie se nos escapa la importancia de estos índices
y, por tanto, la Genealogía es la primera beneficiada del
esfuerzo humano que requiere su elaboración. Sin embargo,
nos hemos circunscrito a entornos muy concretos y no hemos sabido
contactar con otros especialistas que, desde el mundo académico,
han abierto líneas de investigación en las que nuestra
disciplina debía tener un claro protagonismo. A modo de
ejemplo, podemos señalar tres que parecen especialmente
interesantes:
-
Los estudios de las élites locales, tanto urbanas como
rurales, han crecido de forma considerable. Entre ellos destacan
las llamadas prosopografías, centradas en la investigación
de diversos colectivos en un marco cronológico concreto.
Hace varios años que el profesor Enrique Soria Mesa advirtió
de la necesidad de completar esta "prosopografía horizontal"
con una "prosopografía vertical". Es decir, estudiar
el devenir histórico de las familias de los miembros de
esas élites locales analizando el papel que jugaron y las
estrategias que siguieron a lo largo de un periodo de tiempo más
amplio. Creo que a nadie se le escapa la importancia que la Genealogía
tendría en esos estudios.
- Desde el campo de la historia de la población hace varias
décadas que se comenzó a trabajar en proyectos de
reconstrucción de familias que, sin duda, nos hubieran
abierto nuevas perspectivas de haber participado en ellos.
- Por último, sería interesante tratar de vincular
nuestros estudios a las historias locales. Son muchos los aficionados
que han llegado a la Genealogía a través de este
camino y, posiblemente, sea el que nos brinde mayores posibilidades
de conectar con un sector más amplio de la población.
En este contexto, ¿Qué papel deberíamos tener
las asociaciones genealógicas? En principio, y sin abandonar
las actividades que hasta ahora venimos desarrollando, tendríamos
que preocuparnos de acercar a los aficionados al mundo académico,
despertar su interés por la bibliografía especializada,
dar a conocer los métodos que utilizan y difundir las posibilidades
que nos brindan todo tipo de archivos.
Las nuevas tecnologías se han convertido en una herramienta
imprescindible para la Genealogía, pero corremos el peligro
de perder una generación de genealogistas que debería
ser la llamada a adecuar esta disciplina a las corrientes culturales
del siglo XXI.
Santander octubre 2011
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